Salió de su departamento. Se paró frente al ascensor y miró el rectángulo de la puerta de
madera marrón. Vio nuevamente esos reflejos azules. Parecía haber una persona
flotando allí.
Su cuerpo se sentía empujado, algo lo imantaba, lo atraía hacia el interior de esa capsula
de cemento que parecía un nicho.
La luz se encendió en el espacio lleno de sombras negras y azules fluorescentes.
Abrió la puerta, entró. Pulsó el cero.
Se miró en el espejo, hubiera querido abrirse el rostro con un pedazo de este. Se
acomodó la corbata, sintió su perfume llenándolo todo. Tocó las paredes llenas de
texturas, ese color crema… ¡qué sensación de tristeza monótona!, ¡de desesperación
algo fúnebre!.
Salió del ascensor casi sintiendo que sus pies se pegaban a el.
Hacía solo unos días que vivía en un décimo piso. Siempre había preferido estar cerca
del suelo.
Desde el primer momento en que había tenido que abordar ese lúgubre transporte se
había sentido capturado, intensamente atraído.
Este solo ocupaba sus pensamientos en aquellos momentos en que debía utilizarlo y no
se cuestionaba así mismo lo que le estaba ocurriendo, ni se lo contaba a nadie.
Esa noche llegó cansado, iba a ser una larga noche, quería dejar todo arreglado porque
había invitado a Miguel y a Pedro a almorzar al día siguiente.
Subió y antes de que se diera cuenta la puerta del ascensor se había cerrado, no era
automático.
Sin intranquilizarse demasiado se apoyó en el espejo, sintió una sensación de ardor, una
corriente de dolor a lo largo de sus brazos, de su espalda y de su ingle. Estaba inmóvil y
con los ojos fijos en el techo. El ascensor se detuvo en el noveno piso y abrió sus
puertas obligándolo a descender. Él con la camisa ensangrentada y la mirada perdida
cayó de rodillas.
Subió las escaleras arrastrándose. La sangre comenzó a teñir también sus pantalones. En
su rostro no se reflejaba gesto alguno.
Entró a su casa empujando al resto de su cuerpo con sus brazos.
Se metió en la bañera.
De repente pareció despertar de su estado hipnótico.
Tomó el desinfectante y las vendas y tapó sus extrañas heridas.
Ordeno perfectamente el resto de su departamento.
Se acostó en su cama impecablemente tendida con sábanas llenas de manchas rojo
oscuras.
Sus amigos llegaron un rato antes del almuerzo.
Llegó el momento del acostumbrado brindis y él feliz se levantó y caminó hacia la
cocina, iba a descorchar su mejor champagne.
Pero en el freezer solo quedaba una botella, ¿cómo podía habérsele pasado por alto?.
Les dijo a sus amigos que bajaría al supermercado y en un momento regresaría.
La puerta del ascensor estaba abierta.
Lo estaba esperando.
Él miró hacia los costados…
Entró lentamente. Hacía mucho calor ahí dentro.
Comenzó a bajar, pero de repente la caja mortuoria se detuvo entre dos pisos.
Todo quedo a oscuras.
De pronto aparecieron las sombras, las que veía siempre por el hueco de la puerta
flotando en el precipicio. Sombras con formas humanas, de bocas enormes y ojos
rasgados.
Volvió a sentir el ardor recorriendo su cuerpo.
Su mano subía lenta y suavemente por su cara.
Tenía el parpado derecho en carne viva.
Sus dedos pasaban el filo de la navaja por el contorno de sus pómulos. Los arrastró
luego sobre las paredes tratando de imitar a través de trazos sanguíneos los extraños
rostros que lo rodeaban y parecían sumergirse en él.
Sus dedos se hundieron en el cristal rompiéndolo y este traspaso despacio, muy
despacio sus pies.
Él vibraba en movimientos circulares.
La escena parecía un collage.
Parecía querer hundirse en la obscenidad de su desfiguración.
No había más que la intensidad de su sangre haciendo hervir su cuerpo. El fastidio
incesante del daño prolongado pero necesario.
El ascensor estaba adentro de su mente y aplastaba su cráneo maloliente. Lo aplastaba
cortando sus compulsivas extremidades.
Él ya no podía luchar mas, debía dejar que esa vieja máquina de metal lo torturara hasta
el final, hasta que todo en él al fin se enmudeciera.
El ascensor se detuvo en el décimo piso.
Algo tembloroso entró caminando al departamento. Atravesó la cocina y llegó al
comedor.
Miguel y Pedro lo vieron pasar sin pronunciar palabra, sin hacer movimiento alguno.
Entró a la bañera, siempre al rojo vivo y cerró los ojos.
Estaba exhausto.
Pedro encendió la televisión y Miguel bajó por la champaña.
Fin
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