Fernando iba sentado cómodamente junto a Elena.
Ella sin duda era la mujer de su vida.
Viajaban hacia el sur. Habían coincidido en este viaje por casualidad, ambos iban a
pasar unos días a una casona encantadora rodeada de jardines.
Fernando estaba extasiado con sus ojos, quería impresionarla, quería mostrarle todo lo
que él era capaz de hacer, lo culto que era, lo interesantes que podían llegar a ser sus
encuentros.
Él sentía que ella también sentía una gran atracción hacia él.
Elena le acarició el cabello y él sintió con solo el roce que su cuerpo se distendía y sus
ojos comenzaban a cerrarse…
Ella lo estaba acariciando!, no podía dormirse en ese momento.
A Elena le daba mucha ternura observarlo dormido como una criatura, la tranquilizaba
verlo tan relajado.
Fernando la tomó por los hombros y acercó su boca a su cuello lentamente.
Acercó ahora su boca a sus labios, los tocó sintiendo el éxtasis inundándolo
y comenzó a besarla, ella respondió con todo su ser, así lo sintió realmente Fernando.
Elena corrió el flequillo castaño de él hacia un costado y puso la mano sobre su frente.
Estaba profundamente dormido.
Él se entregó al beso como si fuera a durar siglos.
Ella notó que su respiración estaba entrecortada y por momentos acelerada, tomo su
mano, firme y suavemente.
Él se inclinó hacia delante, ella temió que fuera a caer y lo sostuvo con sus brazos. Él la
abrazó sintiendo su perfume tan familiar. Le abrió la blusa, hubiera deseado que
estuvieran completamente solos, pero aún así deslizó su mano por el corpiño y tocó su
seno tibio y hermoso.
Ella se reclinó sobre él, quería observarlo mas detenidamente, quería corroborarlo todo.
Fernando se recostó sobre ella con la cabeza encima de su abdomen semidesnudo,
acarició sus piernas y rodeó sus glúteos deseando que sus jeans desaparecieran.
Ese fue el comienzo de una relación que ya llevaba 1095 días, 1095 días solo con ella.
Para él no existía más que el cabello rizado y los ojos miel de Elena, su cuerpo y esa
vida que habían construido juntos.
El jardín de su casa se extendía frente a él y su silla.
Allí estaba ella junto a la fuente, como siempre a esa hora, hablando con una de las
empleadas. Siempre parecía temerosa. A veces no lograba entenderla a pesar de amarla
tanto.
Generalmente cuando él hablaba, ella estaba como ausente, parecía no escucharlo, no
comprender sus anhelos.
Ahora mismo acababa de sentarse junto a él y se quedaba mirándolo, acariciándole el
cabello como siempre, si bien eso a él le gustaba mucho, ella parecía no estar totalmente
allí. Esta situación empezaba a impacientarlo por primera vez, la había visto hablando
con él nuevamente, con él, su peor enemigo, ver a este hombre cerca de su amada
despertaba sus peores sentimientos.
Tenía que alejarla de Copdevilla, él la usaría para la venganza.
Ella empujaba la silla, él sentía que volaba con los brazos abiertos.
El avión estaba atestado de pasajeros, al girar la cabeza lo había visto, había vuelto a ver
a ese hombre maligno allí, estaba en todas partes.
Su paracaídas se abrió justo a tiempo, cuando Fernando ya había comenzado a temer.
Sabía que ella estaba abajo, esperándolo. Ella siempre estaba en el momento preciso,
pero también estaba cerca de ese hombre.
Elena lo levantó del piso asustada. Él se paró de un solo salto, la tomó de la mano y le
pidió que volvieran caminando a la casa.
La silla giraba rápido, la preocupación de Elena era constante. No debería haberlo
dejado solo, ni aún cinco minutos, el tiempo que había tardado en traer el té.
Fernando había decidido defenderse del complot de Facundo Copdevilla, ambos habían
pertenecido a una orden oscura y ya desde hacía muchos años eran enemigos.
Debía tener listas las espadas, así era el ritual, él volvería y pelearía de hombre a
hombre como la última vez, en la cual Fernando había vencido.
Capdevilla veía a Elena a escondidas, en las afueras de la propiedad. Fernando se
mantenía oculto, observando, aunque siempre temiendo la reacción de esta.
No podía decirle a Elena la verdad, ella no lo escuchaba, no lo escuchaba desde
siempre, pero él la amaba a pesar de todo.
Elena entró de repente en la cocina y la vio. Vio su espada.
Fernando la tenía sobre sus piernas.
Elena le preguntó que hacia con eso allí, él no pudo pronunciar palabra, ella tomó el
arma y la volvió a guardar en su lugar.
- Los cuchillos son peligrosos Fernando – le dijo – no juegues con ellos – y lo
llevó al jardín.
Habían pasado años y él sabía que su enemigo volvería aquel atardecer, como lo
hacía siempre.
Espero tras los arbustos.
Capdevilla la sujetaba por la cintura…
- No te preocupes tanto Elena – le decía – estás haciendo todo lo posible.
Elena lo besó, Fernando sintió que su cabeza explotaba.
Luego ella entró a la casa a buscar sus cosas como de costumbre.
Fernando lleno de odio, castigó a su caballo para que corriera mas velozmente, y con la
espada en alto, atacó a su mortal enemigo clavándosela en la espalda.
Este lleno de dolor y con los ojos inyectados de sorpresa, cayó al piso.
Elena apareció presurosa, con el rostro sereno, rostro que se convirtió de repente en una
pálida máscara ojerosa.
Gritando corrió hacia Facundo.
Fernando estaba en el piso, había caído de su silla de ruedas, aún tenía el cuchillo lleno
de sangre en su mano.
Elena no había imaginado nunca que la locura de su hermano podía llevarlo hasta tal
extremo, el extremo de matar…
Y matar a su novio, ¿por qué?!.
Fernando sonreía mudo, había vencido.
Desde hacía mas de tres años estaba internado allí, en el centro psiquiátrico y hacia
cuatro que no pronunciaba una palabra.
Fin
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