miércoles, 1 de octubre de 2008

Amelia

- Tía, ¿por qué siempre vistes de negro? – le había preguntado Amelia hacia

algún tiempo.

Ella mirándo largamente, ausente, había respondido.

- por mis muertos.

- pero tía, ¿acaso ellos no murieron hace mucho tiempo?. Yo ni siquiera

recuerdo a mis padres – había insistido la jovenzuela.

- murieron Amelia, ya no van a volver jamás, ya no vamos a volver a verlos

otra vez – había contestado saliendo de la habitación pausadamente.




Las paredes blancas, muy blancas, los espacios enormes, enormes y mudos de esa casa.

Los tules colgando en las ventanas, meciéndose insistentemente en el viento. Las fotos

familiares oscuras y amarillentas llenando cada lugar, provocaban en Amelia un vacio,

un vacio perfecto que se volvía a veces aterrador.

Tanto orden, tanta luz disfrazada, tanto sigilo, tanto pasado evocado continuamente.

Los días se enroscaban ahí, se ahuecaban, se volvían fastidiosamente repetitivos, secos,

estériles.



- a dormir Amelia!

La voz de su tía se perpetraba en cada resquicio, en cada indiferente espacio.

Tendida en una enorme cama estaba la jovencita, cubierta de esos tules blancos que

tanto la atormentaban, con el cabello forrado de moños rosados y sus espantosas

muñecas de porcelana, que tenían ese rostro perforado de un blanco lleno de ausencias y

los ojos fijos y endurecidos… como su tía.


Cada noche, cuando no se oía ni un ruido, el golpeteo mínimo y repetitivo de los rezos

de su tutora sumergían a Amelia en profundas tribulaciones, en amargos miedos.

Cerraba los ojos temblorosa, tapándose el rostro con las prolijas sábanas bordadas de la

familia y se imaginaba riendo, bailando en la playa…

Cada día, era un día mas para su tía, un día mas para pagar por seguir viva, por estar

viva ella y no su amado esposo, ella y no su querida hermana, la madre de Amelia. Se

torturaba asfixiándose en su soledad, en la incapacidad de comprender porque dios la

había castigado así, porque le había quitado tan súbitamente a quienes ella mas amaba.

La vida había perdido el sentido, solo esperaba la muerte.



Cada tarde en que sus clases de Historia y Literatura se lo permitían, Amelia tomaba el

té presurosa en esas tasas pintadas a mano y con cada movimiento sabido de memoria.

Y corría, corría enredándose en esos estúpidos vestidos blancos, llenos de vuelos, corría

al mar y se hundía en el agua, se tiraba en la arena, se llenaba de oxígeno, se inundaba

de viento, se enredaba de sol, no quería parecerse a sus mustias muñecas.

Oscurecía y volvía de prisa, se quitaba el vestido lleno de arena y se metía en la bañera

revestida de ornamentos horrorosos.

Lavaba su cabello, debía peinarlo meticulosamente, llenarlo de moños rosados y bajar a

cenar.

Solo algunas velas en la mesa, el insoportable silencio eterno, la sopa a media

temperatura, el mismo sabor a pescado hervido.

Luego las verduras, la carne y siempre, las uvas, las preferidas del difunto tío Ezequiel.




Uno de esos días repetitivos y sombríos la mañana había amanecido deliciosa.

Amelia deseaba salir a correr, sumergirse en el mar, pero debía bajar al comedor,

desayunar y tomar sus acostumbradas clases con sus maestros particulares.

Su soledad se hacía cada vez mas intensa, siempre había estado sola, ausente de afecto y

contención. Su tía jamás le había hablado con dulzura, jamás le había demostrado amor.

Esa tarde no bajó a tomar su lección de piano, saltó por la ventana sosteniéndose el

sombrero de terciopelo negro que a su tía le gustaba que ella usara para asistir a la

iglesia en cada aniversario de sus muertos.

Tomó su muñeca, la que intentaba no mirar nunca al acostarse por las noches, porque su

mueca horrible la hacía temblar, y corrió, corrió con sus vuelos flotando en la brisa,

corrió con sus botitas hundiéndose en la arena, corrió con los ojos llenos de lágrimas,

corrió sintiendo que le faltaba el aire, con las mejillas rojas de sangre, corrió, corrió

hasta que fue abrazada por el mar, abrazada como jamás los brazos de su tía lo habían

hecho, corrió hasta que el agua azul la abrazó por fin, completamente.






FIN

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