El tumulto lo calcina,
lo destruye.
Esfuma la brisa
con la docilidad
de un dios que
sabe perder el
equilibrio.
La tempestad lo abarca,
pero él es solo
un hombre,
incorregible y
abrumadoramente
exacto.
Amargado por la
obsesiva intimidad
de su propio
capricho.
El calor del asfalto
lo conmueve,
es sensible, arremetedoramente
ciego y
encadenadamente hermoso.
Un hombre que
lo sabe todo
y se detiene ante
el umbral
ajeno.
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