Tu devoción es tu tormento.
Tu aceptación tu desencuentro.
Sos y no sos en el torbellino
desosegado de penetración y
de individualidades.
Tu flor te hace abierta,
tu corola sagrada.
Se rompen los templos
y no hay perdición alguna
en los pedazos de piedra vibrante.
Estás ahí,
en cada vestigio iluminado,
uniendo las miniaturas
con engarces perfectos del ciclo
de una existencia perpetua.
Estás ahí
desde mucho antes del saqueo nervioso,
ilógico y planeado
y estás después
y el tiempo sobra.
No podés lastimar tu materialidad
porque ya venciste y
fué hace mucho,
tanto, que siempre fuíste
constantemente todo.
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